viernes, 13 de enero de 2012

Los Hongos de Yuggoth, la transición del terror a la ciencia-ficción

Al adentrarnos en el terror y el conocimiento prohibido a través de la senda de la locura y lo innominado, nos hallamos siguiendo los pasos de los mi-go, los hongos de Yuggoth. Estas criaturas suponen un salto importante en la obra del Maestro del Horror Cósmico, H. P. Lovecraft. La evolución de su estilo y temas le llevó a dejar atrás los horrores innominados invocados por la brujeria en perdidos valles de Nueva Inglaterra para adentrarse en los misterios del universo y convertirse en un pionero de la ciencia ficción de la que posteriormente fueron exponentes escritores como Isaac Asimov y Arthur C. Clarke por solo nombrar a dos. Pero profundicemos un poco más en estas criaturas.

En los Mitos de Cthulhu, los mi-go son criaturas que habitan en muchos planetas y que tienen un puesto avanzado en Plutón, conocido también como Yuggoth. Los mi-go se parecen a crustáceos con alas y cabezas ovaladas, que cambian de color continuamente (es su modo de comunicarse entre sí). Algunas subrazas son capaces de volar a otros mundos, estrellas y realidades, aunque otros deben usar medios alternativos (portales mágicos) para conseguirlo. No obstante, les es fácil alterar todos estos atributos físicos puesto que son grandes maestros de la cirugía.


Los mi-go llegaron inicialmente a la Tierra durante el periodo Jurásico y tuvieron que repeler los ataques de los Antiguos para poder asentarse en el hemisferio norte, donde en general han permanecido desde entonces. Los hongos muestran gran interés por nuestro planeta, ya que la Tierra contiene depósitos de ciertos minerales que no se encuentran en otras partes del universo (o quizá lo que haya aquí sean portales a otras dimensiones donde encontrar esos depósitos). Para obtener estos materiales reclutan a miembros de la población local para que los ayuden a mantener sus actividades en secreto. No obstante a pesar de ello es habitual que se extiendan rumores sobre su presencia, y a menudo se encuentran referencias a estas curiosas criaturas en las leyendas rurales de las zonas cercanas a sus guaridas.

Para un humano es casi imposible comprender la mentalidad mi-go. Estos seres eliminan de su memoria toda información que no sea necesaria para sus objetivos inmediatos. Estos es útil para descartar información irrelevante, pero también hace que desaparezcan algunos hechos, como el origen de su especie, algo que es un misterio para los propios mi-go. El sistema de pensamiento de los hongos se basa en una relación estricta de causa y efecto, sin nada de la intuición que permite la mayor creatividad y el rápido avance tecnológico de los seres humanos. Hace tiempo, los mi-go realizaron experimentos con la humanidad para reducir su potencial psíquico y creativo, pero en la actualidad se dedican a estudiar a los seres humanos con la esperanza de descubrir como podrían desarrollar ellos mismos esas facultades.

Una de las mayores hazañas tecnológicas de los mi-go consiste en un aparato conocido como cilindro cerebral. Mediante cirugía, los hongos pueden extirpar el cerebro de cualquier criatura y trasplantarlo a un curioso cilindro metálico, dejando el cuerpo en un estado de animación suspendida hasta el regreso de la mente. El cerebro es capaz de observar su entorno e interactuar con él mediante ciertos aparatos conectados al cilindro, y de este modo los mi-go lo pueden trasladar a Yuggoth, a otras de las estrellas que ocupan o incluso a otras dimensiones y épocas. Este proceso suele reservarse para aquellos a los que los mi-go aprecien u odien de manera especial.

Los mi-go que moran dentro del Himalaya suelen cubrir sus cuerpos con las pieles de diversos animales. Según algunos, este es el origen de las leyendas del abominable hombre de las nieves.

Del terror a la ciencia-ficcion
Los mi-go hacen su primera aparición en la obra de H. P. Lovecraft a través de la novela corta "El que susurra en la oscuridad " ("The Whisperer in Darkness"), escrita en septiembre de 1930 y publicada por primera vez por la revista Weird Tales en agosto de 1931. Dicha novela supone un cambio importante en la producción del escritor de Providence, ya que se trata de una incursión seria y estable en el campo de la ciencia ficción. Aunque es todavía una historia de terror y en anteriores ocasiones Lovecraft ya había hecho uso de sus conocimientos de astronomia, "El que susurra en la oscuridad" nos presenta claramente a las entidades de los mitos como seres alienígenas dedicados a la recogida de minerales y el secuestro e investigación de humanos. Dichas tramas fueron posteriormente explotadas hasta la saciedad, especialmente cuando se produjo el interes explosivo por los ovnis y el fenómeno de las abduciones.

Pero ya en 1930 y de mano de este humilde escritor, tenemos una magnífica historia de ciencia ficcion con un toque de terror que nos presenta a una de esas civilizaciones alienígenas que tanto interés han mostrado por la humanidad. Y es que, a medida que maduraba como individuo y como escritor, Lovecraft fue dejando que su interes por la ciencia en general y la astronomía en particular hicieran hueco en su obra para demostrar de lo que era capaz de hacer en el naciente género de la ciencia-ficción. Dejando atrás la ominosa brujeria y los decadentes y endogámicos sujetos y poblaciones de la vieja Nueva Inglaterra, Lovecraft mira a los cielos para revisar y reconstruir sus Mitos de Cthulhu adaptandose a un nuevo esquema que daba una mayor importancia a estos seres como criaturas con unas motivaciones y planes específicos. Ya no eran los innominados horrores invocados por un brujo demente en una vieja granja de un valle perdido, o un culto escondido que planea traer la locura y la destrucción desde más allá de las esferas. Lovecraft era un reconocido escritor de terror, aunque solo fuera en las publicaciones Pulp que compraban sus relatos, pero estaba demostrando que también era un fan de la ciencia-ficción y que podía labrarse un nombre en este género.

De esta manera, "El que susurra en la oscuridad" y los mi-go señalaban un nuevo camino, una nueva trayectoria en la obra de Lovecraft, quien, pese a todo no dejaría el terror, sino que lo acompañaría con esta tendencia de ciencia-ficción que aportaría relatos y novelas tan recomendables como "En las montañas de la locura" y "En la noche de los tiempos".

miércoles, 11 de enero de 2012

Días de ocio en el país del Yann, Lord Dunsany


Días de ocio en el país del Yann
Lord Dunsany
(Londres, 1878 - Dublín, 1957)

Cruzando el bosque, bajé a la orilla del Yann, y allí encontré, según se había profetizado, al barco El Pájaro del Río, presto a soltar amarras.

El capitán estaba sentado, con las piernas cruzadas, sobre la blanca cubierta, con su cimitarra al lado, enfundada en su vaina esmaltada de pedrería; y los marineros desplegaban las ágiles velas para guiar el navío al centro del Yann, y entretanto cantaban viejas canciones de paz. Y el viento de la tarde, que descendía helado de los campos de nieve de alguna montaña, residencia de lejanos dioses, llegó de súbito como una alegre noticia a una ciudad impaciente, e hinchó las velas, que semejaban alas.

Y así alcanzamos el centro del río, y los marineros arriaron las grandes velas. Pero yo había ido a saludar al capitán, y a inquirir los milagros y las apariciones entre los hombres de los más santos dioses de cualquiera de las tierras en que él había estado. Y el capitán respondió que venía de la hermosa Belzoond, y que había adorado a los dioses menores y más humildes que rara vez enviaban el hambre o el trueno y que fácilmente se aplacaban con pequeñas batallas. Y le dije cómo llegaba de Irlanda, que está en Europa; y el capitán y todos los marineros se rieron, pues decían: “No hay tales lugares en todo el país de los sueños”. Cuando acabaron de burlarse, expliqué que mi fantasía moraba por lo común en el desierto de Cuppar-Nombo, en una ciudad azul llamada Golthoth la Condenada, que guardaban en todo su contorno los lobos y sus sombras, y que había estado desolada años y años por una maldición que fulminaron una vez los dioses airados y que no habían podido revocar. Y que a veces mis sueños me habían llevado hasta Pungar Vees, la roja ciudad murada donde están las fuentes, que comercia con Thul y las Islas. Cuando hablé así me dieron albricias por la elección de mi fantasía, diciendo que, aunque ellos nunca habían visto esas ciudades, bien podían imaginarse lugares tales. Durante el resto de la tarde contraté con el capitán la suma que había de pagarle por mi travesía, si Dios y la corriente del Yann nos llevaban con fortuna a los arrecifes del mar que llaman Bar-Wul-Yann, la Puerta del Yann.

Ya había declinado el sol, y todos los colores de la tierra y el cielo habían celebrado un festival con él, y huido uno a uno al inminente arribo de la noche. Los loros habían volado a sus viviendas de las umbrías de una y otra orilla; los monos, asidos en fila a las altas ramas de los árboles, estaban silenciosos y dormidos; las luciérnagas subían y bajaban en las espesuras del bosque, y las grandes estrellas asomábanse resplandecientes a mirarse en la cara del Yann. Entonces, los marineros encendieron las linternas, colgáronlas a la borda del navío y la luz relampagueó súbitamente y deslumbró al Yann; y los ánades que viven a lo largo de las riberas pantanosas levantaron de pronto el vuelo y dibujaron amplios círculos en el aire, y columbraron las lejanías del Yann, y la blanca niebla que blandamente encapotaba la fronda, antes de regresar a sus pantanos.

Entonces, los marineros se arrodillaron sobre cubierta y oraron, no a la vez, sino en turnos de cinco o seis. De uno y otro lado arrodillábanse cinco o seis, porque allí sólo rezaban a un tiempo hombres de credos diferentes, para que ningún dios pudiera oír la plegaria de dos hombres al mismo tiempo. Tan pronto como uno acababa de orar, otro de la misma fe venía a tomar su puesto. Así es como se arrodillaba la fila de cinco o seis, con sus cabezas dobladas bajo las velas que latían al viento, mientras que la vena central del río Yann encaminábalos hacia el mar; y sus plegarias ascendían por entre las linternas y subían a las estrellas. Y detrás de ellos, en la popa del barco, el timonel rezaba en voz alta la oración del timonel, que rezan todos los que comercian por el río Yann, cualquiera que sea su fe. Y el capitán impetró a sus pequeños dioses menores, a los dioses que bendicen a Belzoond.

Y yo también sentí anhelos de orar. Sin embargo, no quería rogar a un dios celoso, allí donde los débiles y benévolos dioses eran humildemente invocados por el amor de los gentiles; y entonces me acordé de Sheol Nugganoth, a quien los hombres de la selva habían abandonado largo tiempo hacía, que está ahora solitario y sin culto; y a él recé.

Mientras estábamos orando, cayó la noche de repente, como cae sobre todos los hombres que rezan al atardecer y sobre los hombres que no rezan; pero nuestras plegarias confortaron nuestras almas cuando pensábamos en la Gran Noche que venía.

Y así, el Yann nos llevó magníficamente río abajo, porque estaba ensoberbecido con la fundida nieve que el Poltiades le trajera de los montes de Hap, y el Marn y el Migris estaban hinchados por la inundación; y nos condujo en su poder más allá de Kyph y Pir, y vimos las luces de Golunza.

Pronto estuvimos todos dormidos, menos el timonel, que gobernaba el barco por la corriente central del Yann.

Cuando salió el sol cesó su canto el timonel, porque con su canto se alentaba en la soledad de la noche. Cuando cesó el canto nos despertamos súbitamente, otro tomó el timón y el timonel se durmió.

Sabíamos que pronto llegaríamos a Mandaroon. Luego que hubimos comido apareció Mandaroon. Entonces el capitán dio sus órdenes, y los marineros arriaron de nuevo las velas mayores, y el navío viró, y dejando el curso del Yann, entró en una dársena bajo los rojos muros de Mandaroon. Mientras los marineros entraban para recoger frutas, yo me fui solo a la puerta de Mandaroon. Sólo unas cuantas chozas habían, en las que habitaba la guardia. Un centinela de luenga barba blanca estaba a la puerta armado de una herrumbrosa lanza. Llevaba unas grandes antiparras cubiertas de polvo. A través de la puerta vi la ciudad. Una quietud de muerte reinaba en ella. Las calles parecían no haber sido holladas, y el musgo crecía espeso en el umbral de las puertas; en la plaza del mercado dormían confusas figuras. Un olor de incienso venía con el viento hacia la puerta, incienso de quemadas adormideras, y oíase el eco de distantes campanas. Dije al centinela en la lengua de la región del Yann: “¿Por qué están todos dormidos en esta callada ciudad?”

El contestó: “Nadie debe hacer preguntas en esta puerta, porque puede despertarse la gente de la ciudad. Porque cuando la gente de esta ciudad se despierte, morirán los dioses. Y cuando mueran los dioses, los hombres no podrán soñar más”. Empezaba a preguntarle qué dioses adoraba la ciudad, pero él enristró su lanza, porque nadie podía hacer preguntas allí. Le dejé entonces y me volví al Pájaro del Río.

Mandaroon era realmente hermosa, con sus blancos pináculos enhiestos sobre las rojas murallas y los verdes tejados de cobre.

Cuando llegué al Pájaro del Río, los marineros ya estaban a bordo. Levamos anclas en seguida y nos hicimos a la vela otra vez, y otra vez seguimos por el centro del río. El sol culminaba en su carrera, y alcanzábamos a oír en el río Yann las incontables miríadas de coros que le acompañan en su ronda por el mundo. Porque los pequeños seres que tienen muchas patas habían desplegado al aire sus alas de gasa, suavemente, como el hombre que se apoya de codos en el balcón y rinde regocijado solemnes alabanzas al sol; o bien unos con otros danzaban en el aire inciertas danzas complicadas y ligeras, o desviábanse para huir al ímpetu de alguna gota de agua que la brisa había sacudido de una orquídea silvestre, escalofriando el aire y estremeciéndole al precipitarse a la tierra; pero entretanto cantan triunfalmente: “Porque el día es para nosotros —dicen—, lo mismo si nuestro magnánimo y sagrado padre el Sol engendra más de nuestra especie en los pantanos, que si se acaba el mundo esta noche”, y allí cantaban todos aquellos cuyas notas son conocidas de los oídos humanos, así como aquellos cuyas notas, mucho más numerosas, jamás fueron oídas por el hombre.

Para todos estos seres, un día de lluvia hubiera sido como para el hombre una era de guerra que asolara los continentes durante la vida de una generación.

Y salieron también de la oscura y humeante selva para contemplar el sol y gozarse en él las enormes y tardas mariposas. Y danzaron; pero danzaban perezosamente en las calles del aire como tal reina altiva de lejanas tierras conquistadas, en su pobreza y destierro, danza en algún campamento de gitanos por sólo el pan para vivir, pero sin que su orgullo consintiérale bailar por un mendrugo más.

Y las mariposas cantaron de pintadas y extrañas cosas, de orquídeas purpúreas y de rojas ciudades perdidas, y de los monstruosos colores de la selva marchita. Y ellas también estaban entre aquellos cuyas voces son imperceptibles a los oídos humanos. Y cuando fluctuaban sobre el río, de bosque a bosque, fue disputado su esplendor por la enemiga belleza de las aves que salieron a perseguirlas. A veces posábanse en las blancas y céreas yemas de la planta que se arrastra y trepa por los árboles de la selva; y sus alas de púrpura resplandecían sobre los grandes capullos, como cuando van las caravanas de Nuri a Thace las sedas relampagueantes resplandecen sobre la nieve, donde los astutos mercaderes las despliegan una a una para ofuscar a los montañeses de las montañas de Noor.

Mas sobre hombres y animales, el sol enviaba su sopor. Los monstruos del río yacían dormidos en el légamo de la orilla. Los marineros alzaron sobre cubierta un pabellón de doradas borlas para el capitán, y fuéronse todos, menos el timonel, a cobijarse bajo una vela que habían tendido como un toldo entre dos mástiles. Entonces se contaron cuentos unos a otros, de sus ciudades y de los milagros de sus dioses, hasta que cayeron dormidos. El capitán me brindó la sombra de su pabellón de borlas de oro, y charlamos durante algún tiempo, diciéndome él que llevaba mercancías a Perdondaris, y que de retorno llevaría cosas del mar a la hermosa Belzoond. Y mirando a través de la abertura del pabellón los brillantes pájaros y mariposas que cruzaban sobre el río una y otra vez, me quedé dormido, y soñé que era un monarca que entra en su capital bajo empavesados arcos, y que estaban allí todos los músicos del mundo tañendo melodiosamente sus instrumentos, pero sin nadie que le aclamase.

A la tarde, cuando enfrió el día, desperté, y encontré al capitán ajustándose la cimitarra, que se había desceñido para descansar.

En aquel momento nos aproximábamos al amplio foro de Astahahn, que se abre sobre el río. Extrañas barcas de antiguo corte estaban amarradas a los peldaños. Al acercarnos vimos el abierto recinto marmóreo, en cuyos tres lados levantábanse las columnatas del frente de la ciudad. Y en la plaza y a lo largo de las columnatas paseaba la gente de aquella ciudad con la solemnidad y el cuidado gesto que corresponde a los ritos del antiguo ceremonial. Todo en aquella ciudad era de estilo antiguo: la decoración de las casas, que, destruida por el tiempo, no había sido reparada, era de las épocas más remotas; y por todas partes estaban representados en piedra los animales que han desaparecido de la tierra hace mucho tiempo: el dragón, el grifo, el hipogrifo y las varias especies de gárgola. Nada se encontraba, ni en los objetos ni en los usos, que fuera nuevo en Astahahn. Nadie reparó en nosotros cuando entramos, sino que continuaron sus procesiones y ceremonias en la antigua ciudad, y los marineros, que conocían sus costumbres, tampoco pusieron mayor atención en ellos. Pero yo, así que estuvimos cerca, pregunté a uno de ellos que estaba al borde del agua qué hacían los hombres en Astahahn, y cuál era su comercio y con quién traficaban. Dijo: “Aquí hemos encadenado y maniatado al Tiempo, que, de otra suerte, hubiera matado a los dioses”.

Le pregunté entonces qué dioses adoraban en aquella ciudad, y respondió: “A todos los dioses a quienes el Tiempo no ha matado todavía”. Me volvió la espalda y no dijo más, y se compuso de nuevo el gesto propio de la antigua usanza. Y así, según la voluntad del Yann, derivamos y abandonamos Astahahn. El río ensanchábase por bajo de Astahahn; allí encontramos mayores cantidades de los pájaros que hacen presa en los peces. Y eran de plumaje maravilloso, y no salían de la selva, sino que, con sus largos cuellos estirados y con sus patas tendidas hacia atrás en el viento, volaban rectos por el centro del río.

Entonces empezó a condenarse el anochecer. Una espesa niebla blanca había aparecido sobre el río y calladamente se extendía. Asíase a los árboles con largos brazos impalpables, y ascendía sin cesar, helando el aire; y blancas formas huían a la selva, como si los espectros de los marineros naufragados estuviesen buscando furtivamente en la sombra los espíritus malignos que tiempo atrás habíanles hecho naufragar en el Yann.

Cuando el sol comenzó a hundirse tras el campo de orquídeas, que descollaban en la alfombrada ladera de la selva, los monstruos del río salieron chapoteando del cieno en que se habían acostado durante el calor del día, y los grandes animales de la selva salían a beber. Las mariposas habíanse ido a descansar poco antes. En los angostos afluentes que cruzábamos, la noche parecía haber cerrado ya, aunque el sol, que se había ocultado de nosotros, aún no se había puesto.

Entonces, las aves de la selva tornaron volando muy altas sobre nosotros, con el reflejo bermellón del sol en sus pechos, y arriaron sus piñones tan pronto como vieron el Yann, y abatiéronse entre los árboles. Las cercetas empezaron entonces a remontar el río en grandes bandadas, silbando; de súbito giraron y se perdieron volando río abajo. Y allí pasó como un proyectil, junto a nosotros, el trullo, de forma de flecha; y oímos los varios graznidos de los bandos de patos, que los marineros me dijeron habían llegado cruzando las cordilleras lispasianas; todos los años llegan por el mismo camino, que pasa junto al pico de Mluma, dejándolo a la izquierda; y las águilas de la montaña saben el camino que traen, y al decir de los hombres, hasta la hora, y todos los años los esperan en el mismo camino en cuanto las nieves han caído sobre los llanos del Norte.

Mas pronto avanzó la noche de tal manera que ya no vimos los pájaros, y sólo oíamos el zumbido de sus alas, y de otros innumerables también, hasta que todos se posaron a lo largo de las márgenes del río, y entonces fue cuando salieron las aves de la noche. En aquel momento encendieron los marineros las linternas de la noche, y enormes alevillas aparecieron aleteando, en torno del barco, y por momentos sus colores suntuosos hacíanse visibles a la luz de las linternas; pero al punto entraban otra vez en la noche, donde todo era negro. Oraron de nuevo los marineros, y después cenamos y nos tendimos, y el timonel tomó nuestras vidas a su cuidado.

Cuando desperté, me encontré que habíamos llegado a Perdondaris, la famosa ciudad. Porque a nuestra izquierda alzábase una hermosa y notable ciudad, tanto más placentera a los ojos porque sólo la selva habíamos visto mucho tiempo hacía. Anclamos junto a la plaza del mercado y desplegóse toda la mercancía del capitán, y un mercader de Perdondaris se puso a mirarla. El capitán tenía la cimitarra en la mano y golpeaba con ella, colérico, sobre cubierta, y las astillas saltaban del blanco entarimado; porque el mercader habíale ofrecido por su mercancía un precio que el capitán tomó como un insulto a él y a los dioses de sus país, de quienes dijo eran grandes y terribles dioses, cuyas maldiciones debían ser temidas. Pero el mercader agitó sus manos, que eran muy carnosas, mostrando las rojas palmas, y juró que no lo hacía por él, sino solamente por las pobres gentes de las chozas del otro lado de la ciudad, a quienes deseaba vender la mercancía al precio más bajo posible, sin que a él le quedara remuneración. Porque la mercancía consistía principalmente en las espesas alfombras tumarunds, que en invierno resguardan el suelo del viento, y el tollub, que se fuma en pipa. Dijo, por tanto, el mercader que si ofrecía un piffek más, la pobre gente estaría sin sus tumarunds cuando llegase el invierno, y sin su tollub para las tardes; o que, de otra suerte, él y su anciano padre morirían de hambre.

A esto el capitán levantó su cimitarra contra su mismo pecho, diciendo que entonces estaba arruinado y que no le quedaba sino la muerte. Y mientras cuidadosamente levantaba su barba con su mano izquierda, miró el mercader de nuevo la mercancía, y dijo que mejor que ver morir a tan digno capitán, al hombre por quien él había concebido especial afecto desde que vio por primera vez su manera de gobernar la nave, él y su anciano padre morirían de hambre; y entonces ofreció quince piffeks más.

Cuando así hubo dicho, prosternóse el capitán y rogó a sus dioses que endulzaran aún más el amargo corazón de este mercader —a sus diosecillos menores, a los dioses que protegen a Belzoond.

Por fin ofreció el mercader cinco piffeks más. Entonces lloró el capitán, porque decía que se veía abandonado de sus dioses; y lloró también el mercader, porque decía que pensaba en su anciano padre y en que pronto moriría de hambre, y escondió su rostro lloroso entre las manos, y de nuevo contempló el tollub entre sus dedos. Y así concluyó el trato; tomó el mercader el tumarund y el tollub, y los pagó de una gran bolsa tintineante. Y fueron de nuevo empaquetados en balas, y tres esclavos del mercader lleváronlos sobre sus cabezas a la ciudad. Los marineros habían permanecido silenciosos, sentados con las piernas cruzadas en media luna sobre cubierta, contemplando ávidamente el trato, y al punto levantóse entre ellos un murmullo de satisfacción, y empezaron a compararle con otros tratos que habían conocido. Dijéronme que hay siete mercaderes en Perdondaris y que todos habían llegado junto al capitán, uno a uno, antes de que empezara el trato y que cada uno le había prevenido secretamente en contra de los otros. Y a todos los mercaderes habíales ofrecido el capitán el vino de su país, el que se hace en la hermosa Belzoond; pero no pudo persuadirlos para que aceptaran. Mas ahora que el trato estaba cerrado, y cuando los marineros, sentados, hacían la primera comida del día, apareció entre ellos el capitán con una barrica del mismo vino, y lo espitamos con cuidado, y todos nos alegramos a la par. El capitán se llenó de contento, porque veía relucir en los ojos de sus hombres el prestigio que había ganado con el trato que acababa de cerrar: así bebieron los marineros el vino de su tierra natal, y pronto sus pensamientos tornaron a la hermosa Belzoond y a las pequeñas ciudades vecinas de Durl y Duz.

Pero el capitán escanció para mí en un pequeño vaso de cierto vino dorado y denso de un jarrillo que guardaba aparte entre sus cosas sagradas. Era espeso y dulce, casi tanto como la miel, pero había en su corazón un poderoso y ardiente fuego que dominaba las almas de los hombres. Estaba hecho, díjome el capitán, con gran sutileza por el arte secreto de una familia compuesta de seis que habitaban una choza en las montañas de Hian Min. Hallándose una vez en aquellas montañas, dijo, siguió el rastro de un oso y topó de repente con uno de aquella familia, que había cazado al mismo oso; y estaba al final de una estrecha senda, rodeada de precipicios, y su lanza estaba hiriendo al oso, pero la herida no era fatal y él no tenía otra arma. El oso avanzaba hacia el hombre, muy despacio, porque la herida le atormentaba; sin embargo, estaba ya muy cerca de él. No quiso el capitán revelar lo que hizo; mas todos los años, tan pronto como se endurecen las nieves y se puede caminar por el Hian Min, aquel hombre baja al mercado de las llanuras y deja siempre para el capitán, en la puerta de la hermosa Belzoond, una vasija del inapreciable vino secreto.

Cuando paladeaba el vino y hablaba el capitán, recordé las grandes y nobles cosas que me habían propuesto realizar tiempo hacía, y mi alma pareció cobrar más fuerza en mi interior y dominar toda la corriente del Yann. Puede que entonces me durmiera. O, si no me dormí, no recuerdo ahora detalladamente mis ocupaciones de aquella mañana. Al oscurecer me desperté, y como desease ver Perdondaris, antes de partir a la mañana siguiente, y no pude despertar al capitán, desembarqué solo. Perdondaris era, ciertamente, una poderosa ciudad; una muralla muy elevada y fuerte la circundaba, con galerías para las tropas y aspilleras a todo lo largo de ella, y quince fuertes torres de milla en milla, y placas de cobre puestas a la altura que los hombres pudieran leerlas, contando en todas las lenguas de aquellas partes de la tierra —un idioma en cada placa— la historia de cómo una vez atacó un ejército a Perdondaris, y de lo que le aconteció al ejército. Entré luego en Perdondaris, y encontré a toda la gente de baile, todos cubiertos con brillantes sedas, y tocaban el tambang a la vez que bailaban. Porque mientras yo durmiera habíales aterrorizado una espantosa tormenta, y los fuegos de la muerte, decían, habían danzado sobre Perdondaris; pero ya el trueno había huido saltando, grande, negro y horrible, decían, sobre los montes lejanos; y se había vuelto a gruñirles de lejos, mostrando sus dientes relampagueantes; y al huir había estallado sobre las cimas, que resonaron como si hubieran sido de bronce. Con frecuencia hacían pausa en sus danzas alegres, e imploraban al Dios que no conocían, diciendo: “¡Oh Dios desconocido! Te damos gracias porque has ordenado al trueno volverse a sus montañas”.

Seguí andando y llegué al mercado, y allí vi, sobre el suelo de mármol, al mercader, profundamente dormido, que respiraba difícilmente, el rostro y las palmas de las manos vueltas al cielo, mientras los esclavos le abanicaban para guardarle de las moscas. Del mercado me encaminé a un templo de plata, y luego a un palacio de ónice; y había muchas maravillas en Perdondaris y allí me hubiera quedado para verlas; mas al llegar a la otra orilla de la ciudad vi de repente una inmensa puerta de marfil. Me detuve un momento a admirarla, y, acercándome, percibí la espantosa verdad. ¡La puerta estaba tallada de una sola pieza!

Huí precipitadamente y bajé al barco, y en tanto que corría creía oír a lo lejos, en los montes que dejaba a mi espalda, el pisar del espantoso animal que había segregado aquella masa de marfil, el cual, tal vez entonces buscaba su otro colmillo. Cuando me vi en el barco me consideré salvo, pero oculté a los marineros cuanto había visto.

El capitán salía entonces poco a poco de su sueño. Ya la noche venía rondando del Este y del Norte, y sólo los pináculos de las torres de Perdondaris se encendían al sol poniente. Me acerqué al capitán y le conté tranquilamente las cosas que había visto. El me preguntó al punto sobre la puerta, en voz baja, para que los marineros no pudieran saberlo; y yo le dije que su peso era tan enorme que no podía haber sido acarreada de lejos, y el capitán sabía que hacía un año no estaba allí. Estuvimos de acuerdo en que aquel animal no podía haber sido muerto por asalto de ningún hombre, y que la puerta tenía que ser de un colmillo caído, y caído allí cerca y recientemente. Entonces resolvió que mejor era huir al instante; mandó zarpar, y los marineros se fueron a las velas, otros levaron el ancla, y justo en el instante en que el más alto pináculo de mármol perdía el último rayo de sol, dejamos Perdondaris, la famosa ciudad. Cayó la noche y envolvió a Perdondaris y la ocultó a nuestros ojos, los cuales no habrán de verla nunca más; porque yo he oído después que algo maravilloso y repentino había hecho naufragar a Perdondaris en un solo día, con sus torres y sus murallas y su gente.

La noche hízose más profunda sobre el río Yann, una noche blanca con estrellas. Y con la noche se alzó la canción del timonel. Luego de orar comenzó su cántico para alentarse a sí mismo en la noche solitaria. Pero primero oró, rezando la plegaria del timonel. Y esto es lo que recuerdo de ella, traducido con un ritmo muy poco semejante al que parecía tan sonoro en aquellas noches del trópico:

“A cualquier dios que pueda oír.
“Dondequiera que estén los marineros, en el río o en el mar; ya sea oscura su ruta o naveguen en la borrasca; ya los amenace peligro de fiera o de roca; ya los aceche el enemigo en tierra o los persiga por el mar; ya esté helada la caña del timón o rígido el timonel; ya duerman los marineros bajo la guardia del piloto, guárdanos, guíanos, tórnanos a la vieja tierra que nos ha conocido, a los lejanos hogares que conocemos.

“A todos los dioses que son.
“A cualquier dios que pueda oír”.

Así oraba en el silencio. Y los marineros se tendieron para reposar. Se hizo más profundo el silencio, que sólo interrumpían las ondas del Yann, que rozaban ligeramente nuestra proa. A veces, algún monstruo del río tosía.

Silencio y ondas; ondas y silencio otra vez.

Y la soledad envolvió al timonel, y empezó a cantar. Y cantó las canciones del mercado de Durl y Duz, y las viejas leyendas del dragón de Belzoond.

Cantó muchas canciones, contando al espacio y exótico Yann los pequeños cuentos y nonadas de su ciudad de Durl. Las canciones fluían sobre la oscura selva y ascendían por el claro aire frío, y los grandes bandos de estrellas que miraban sobre el Yann empezaron a saber de las cosas de Durl y de Duz, y de los pastores que vivían en aquellos campos, y de los rebaños que guardaban, y de los amores que habían amado, y de todas las pequeñas cosas que esperaban hacer. Yo, acostado, envuelto en pieles y mantas, escuchaba aquellas canciones, y contemplando las formas fantásticas de los grandes árboles que parecían negros gigantes que acechaban en la noche, me quedé dormido.

Cuando desperté, grandes nieblas salían arrastrándose del Yann. El caudal del río fluía ahora tumultuoso, y aparecieron pequeñas olas, porque el Yann había husmeado a lo lejos las angustias crestas de Glorm y sabía que sus torrentes estaban frescos delante de él, allí donde había de encontrar el alegre Irillión gozándose en los campos de nieve. Sacudía el letárgico sueño que le invadiera entre la selva cálida y olorosa, y olvidó sus orquídeas y sus mariposas, y se precipitó expectante, turbulento, fuerte; y pronto los nevados picos de los montes de Glorm aparecieron resplandecientes. Ya los marineros despertaban de su sueño. En seguida comimos y se echó a dormir el timonel mientras le reemplazaba un compañero, y todos extendieron sobre aquél sus mejores pieles.

A poco oímos el son del Irillión, que bajaba danzando de los nevados campos.

Y después vimos el torrente de los montes de Glorm, empinado y brillante ante nosotros, y hacia él fuimos llevados por los saltos del Yann. Entonces dejamos la vaporosa selva por los saltos del Yann. Entonces dejamos la vaporosa selva y respiramos el aire de la montaña; irguiéronse los marineros y tomaron de él grandes bocanadas, y pensaron en sus remotos montes de Acroctia, en que estaban Durl y Duz. Más abajo, en la llanura, está la hermosa Belzoond.

Una gran sombra cobijábase entre los acantilados de Glorm; pero las crestas brillaban sobre nosotros lo mismo que nudosas lunas, y casi encendían la penumbra. Cada vez se oía más clamoroso el canto del Irillión, y el rumor de su danza descendía de los campos de nieve, que pronto vimos blanca, llena de nieblas y enguirnaldada de finos y tenues arco-iris, que se había prendido en las cimas de la montaña de algún jardín celestial del sol. Entonces corrió hacia el mar con el ancho Yann gris, y el valle se ensanchó y se abrió al mundo, y nuestro barco fluctuante salió a la luz del día.
Pasamos toda la mañana y toda la tarde entre las marismas de Pondoovery; el Yann se derramaba en ellas y fluía solemne y pausado, y el capitán mandó a los marineros que tañeran las campanas para dominar el espanto de las marismas.

Por fin dejáronse ver las montañas de Irusia, que alimentan los pueblos de Pen-Kai y Blut, y las calles tortuosas de Mlo, donde los sacerdotes sacrifican a los aludes vino y maíz. Descendió luego la noche sobre los llanos de Tlun, y vimos las luces de Cappadarnía. Oímos a los Pathnitas batir sus tambores cuando pasamos el Imaut y Golzunda; luego todos durmieron, menos el timonel. Y los pueblos esparcidos por las riberas del Yann oyeron toda aquella noche en la lengua desconocida del timonel cancioncillas de ciudades que ignoraban.

Me desperté al alba con la sensación de que era infeliz, antes de recordar por qué. Entonces recapacité en que al atardecer del día incipiente, según todas las probabilidades, debíamos llegar a Bar-Wul-Yann, donde había de separarme del capitán y sus marineros. Habíame agradado el hombre, porque me obsequiaba con el vino amarillo que tenía apartado entre sus cosas sagradas y porque me contaba muchas historias de su hermosa Belzoond, entre los montes de Acroctia y el Hian Min. Y habíanme gustado las costumbres de los marineros y las plegarias que rezaban el uno al lado del otro al caer la tarde, sin tratar de arrebatarse los dioses ajenos. También me deleitaba la ternura con que hablaban a menudo de Durl y de Duz, porque es bueno que los hombres amen sus ciudades nativas y los pequeños montes en que se asientan aquellas ciudades.

Y había llegado hasta saber a quién encontrarían cuando tornaran a sus hogares, y dónde pensaban que tuvieran lugar los encuentros, unos en el valle de los montes acroctianos, adonde sale el camino del Yann; otros en la puerta de una u otra de las tres ciudades, y otros junto al fuego en su casa. Y pensé en el peligro que a todos nos había por igual amenazado en las afueras, de Perdondaris, peligro que, por lo que ocurrió después, fue muy real.

Y pensé también en la animosa función del timonel en la fría y solitaria noche, y en cómo había tenido nuestras vidas en sus manos cuidadosas. Y cuando así pensaba, cesó de cantar el timonel, alcé los ojos y vi una pálida luz que había aparecido en el cielo; y la noche solitaria había transcurrido, ensanchábase el alba y los marineros despertaban.

Pronto vimos la marea del mar que avaníáüa resuelta entre las márgenes del Yann, y el Yann saltó flexible hacia él y ambos lucharon un rato; luego el Yann y todo lo que era suyo fue empujado hacia el Norte; así que los marineros tuvieron que izar las velas, y gracias al viento favorable pudimos seguir navegando.

Pasamos por Góndara, Narl y Hanz. Vimos la memorable y santa Golnuz y oímos la plegaria de los peregrinos.

Cuando despertamos, después del reposo de mediodía, nos acercábamos a Nen, la última de las ciudades del Yann. Otra vez nos rodeaba la selva, así como a Nen; pero la gran cordillera de Mloon dominaba todas las cosas y contemplaba a la ciudad desde fuera.

Anclamos, y el capitán y yo penetramos en la ciudad, y allí supimos que los Vagabundos habían entrado en Nen.

Los Vagabundos eran una extraña, enigmática tribu, que una vez cada siete años bajaban de las cumbres de Mloon, cruzando la cordillera por un puerto que sólo ellos conocen, de una tierra fantástica que está del otro lado. Las gentes de Nen habían salido todas de sus casas, y estaban maravilladas en sus propias calles, porque los Vagabundos, hombres y mujeres, se apiñaban por todas partes y todos hacían alguna cosa rara. Unos bailaban pasmosas danzas que habían aprendido del viento del desierto, arqueándose y girando tan vertiginosamente, que la vista ya no podía seguirlos. Otros tañían en instrumentos bellos y plañideros sones llenos de horror que les había enseñado su alma, perdidos por la noche en el desierto, ese extraño y remoto desierto de donde venían los Vagabundos.

Ninguno de sus instrumentos era conocido en Nen, ni en parte alguna de la región del Yann; ni los cuernos de que algunos estaban hechos eran de animales que alguien hubiera visto a lo largo del río, porque tenían barbadas las puntas. Y cantaron en un lenguaje ignorado cantos que parecían afines a los misterios de la noche y al miedo sin razón que inspiran los lugares oscuros.

Todos los perros de Nen recelaban de ellos agriamente. Y los Vagabundos contábanse entre sí cuentos espantosos, pues, aunque ninguno de Nen entendía su lenguaje, podían ver el terror en las caras de los oyentes, y cuando el cuento acababa, el blanco de sus ojos mostraba un vivido terror, como los ojos de la avecilla en que hace presa el halcón. Luego el narrador sonreía y se detenía, y otro contaba su historia, y los labios del narrador del primer cuento temblaban de espanto. Si acertaba a aparecer alguna feroz serpiente, los Vagabundos recibíanla como a un hermano, y la serpiente parecía darles su bienvenida antes de desaparecer. Una vez, la más feroz y letal de las serpientes del trópico, la gigante lythra, salió de la selva y entróse por la calle, la calle principal de Nen, y ninguno de los Vagabundos se apartó; por el contrario, empezaron a batir ruidosamente los tambores, como si se tratara de una persona muy honorable; y la serpiente pasó por en medio de ellos, sin morder a ninguno.

Hasta los niños de los Vagabundos hacías cosas extrañas, pues cuando alguno se encontraba con un niño de Nen, ambos se contemplaban en silencio con grandes ojos serios: entonces el niño de los Vagabundos sacaba tranquilamente de su turbante un pez vivo o una culebra; y los niños de Nen no hacían nada de esto.

Anhelaba quedarme para escuchar el himno con que reciben a la noche y que contestan los lobos de las alturas de Mloon, mas ya era tiempo de levar el ancla para que el capitán pudiera volver de Bar-Wul-Yann a favor de la pleamar. Tornamos a bordo y seguimos aguas abajo del Yann. El capitán y yo hablábamos muy poco, porque ambos pensábamos en nuestra separación, que habría de ser para largo tiempo, y nos pusimos a contemplar el esplendor del sol occiduo. Porque el sol era rojizo; mas una tenue y baja bruma envolvía la selva, y en ella vertían su humo las pequeñas ciudades de la selva, y el humo se fundía en la bruma, y todo se juntaba en una niebla de color púrpura que encendía el sol, como son santificados los pensamientos de los hombres por alguna cosa grande y sagrada. A veces la columna de humo de algún hogar aislado levantábase más alta que los humos de la ciudad y fulguraba señera al sol.

Y ya los últimos rayos del sol llegaban casi horizontales, cuando apareció el paraje que yo había venido a ver, porque de dos montañas que alzábanse en una y otra ribera avanzaban sobre el río dos riscos de rojo mármol que flameaban a la luz del sol raso; eran bruñidos y altos como una montaña, casi se juntaban, y el Yann pasaba entre ellos estrechándose y encontraba el mar.
Era Bar-Wul-Yann, la Puerta del Yann, y a distancia, por la brecha de esta barrera, divisé el azul indescriptible del mar, donde relampagueaban pequeñas barcas de pesca.

Y el sol se puso, y vino el breve crepúsculo, y la apoteosis gloriosa de Bar-Wul-Yann se desvaneció; pero aun llameaban las rojas moles, el más bello mármol que han visto los ojos, y esto en un país de maravillas. Pronto el crepúsculo dio campo a las estrellas, y los colores de Bar-Wul-Yann fueron desvaneciéndose. La vista de aquellos riscos fue para mí como la cuerda musical que, desprendida del violín por la mano del genio, lleva al cielo o a las hadas los espíritus trémulos de los hombres.

Entonces anclaron a la orilla y no siguieron adelante, porque eran marineros del río, no del mar, y conocían el Yann, pero no el oleaje de fuera.

Y el momento llegó en que debíamos separarnos el capitán y yo; él para volver a su hermosa Belzoond, frente a los picos distantes de Hian Min; yo a buscar por extraños medios mi camino de retorno a los campos brumosos que conocen todos los poetas, donde se alzan las casitas misteriosas por cuyas ventanas, mirando a Occidente, podéis ver los campos de los hombres, y mirando hacia Oriente, fulgurantes montañas de fantasmas, encapotadas de nieve, que marchan de cadena en cadena a internarse en la región del Mito, y más allá, al reino de la fantasía, que pertenece a las Tierras del Ensueño. Nos miramos largamente uno a otro, sabiendo que no habíamos de encontrarnos jamás, porque mi fantasía va decayendo al peso de los años y entro cada vez más raramente en las Tierras del Ensueño. Nos estrechamos las manos, muy poco ceremoniosamente de su parte, porque tal no es el modo de saludarse en su país, y encomendó mi alma a sus dioses, a sus pequeños dioses menores, a los humildes, a los dioses que protegen a Belzoond.

martes, 10 de enero de 2012

Yo, Morlock #2: Carta abierta a Mariano Rajoy

Excmo. Sr. Don Mariano Rajoy:

Le escribo en calidad de ciudadano del estado español porque hay una serie de cuestiones que me preocupan y quiero plantearle. En primer lugar, quisiera felicitarle por la mayoría absoluta obtenida en las últimas elecciones. Sin embargo, conociendo los antecedentes de su partido en anteriores legislaturas y en las CC.AA. que gobierna, temo que haga un mal uso de este poder. España es una democracia, o al menos eso defiende la Constitución. La democracia es de origen griego y es el gobierno del pueblo. Los ciudadanos de este país eligen por votación a sus representantes para que administren y legislen en su nombre. Y permítame recalcar lo de en su nombre. Como líder electo de la nación, debe usted velar por los intereses y bienestar del total de su población, y no sólo por aquel sector que posee grandes empresas, abultadas cuentas bancaria, ocupa altos cargos eclesiásticos y considera que el poder económico está por encima de todo.

Entiéndame, sé que es difícil decir que no a aquellos que poseen grandes riquezas, los que mueven los grandes mercados y sirven al todopoderoso dinero, los amos del capitalismo. Pero usted ha sido elegido por el pueblo, y como tal, debe servir a los intereses del mismo, de la totalidad de los españoles y no sólo a los que posean un umbral de riqueza determinado. Entonces pasaríamos de la democracia a la plutocracía, el gobierno de los ricos.

Lamentablemente, ni usted ni su gobierno han tenido un comienzo acertado. Se que la situación económica de España es complicada y grave. La crisis económica mundial nos golpeó con mucha fuerza, ya que no estábamos preparados. Coincido con usted en que el anterior gobierno socialista no tomó las medidas apropiadas y actuó a destiempo, intentando parchear la situación con nefastos resultados. Pero, seamos justos, no toda la culpa recae en el PSOE, pues fue durante el mandato de Aznar cuando se empezaron a sentar los mecanismos que roerían lentamente la base de la economía española, facilitando así su derrumbe. Le pido que haga exámen de conciencia y admita que esto es así. Pero no es el momento de buscar culpables, echar la vista atrás y acusar con el dedo. Es el momento de levantar la cabeza, escuchar al pueblo y tratar de hallar las soluciones más apropiadas para sacar a este país de la grave situación que padece.

Pero, como ya he dicho, han empezado con mal pie. Durante la segunda legislatura socialista, acusaron a Zapatero con saña y de forma desleal de que estaba hundiendo España. Era cierto, pues no logró hacer otra cosa que empeorar nuestra situación. Pero piense en como se podrían haber desarrollado las cosas si, en lugar de hacer una oposición ácida y destructiva, hubieran aunado esfuerzos en nombre de la patria y del pueblo español. Piense en lo que habría sucedido si hubieran optado por una oposición constructiva, haciendo un pacto con el gobierno socialista para establecer juntos las medidas y políticas a tomar para salir de la crisis y tratar de solventar el gravísimo problema del desempleo. Sin embargo, optaron por el ataque incesante y demagógico, erosionando la cada vez más mermada confianza del pueblo español y tratando de hacer una política dañina, tóxica.

Sin embargo, ahora que está usted en el poder, como han cambiado las cosas. Mientras estaban en la oposición acusaban a Zapatero de rendir pleitesía a Alemania y Francia, de ser incapaz de solventar la crisis y crear empleo. Afirmaban con la valentía y convicción del que no tiene responsabilidad de hallar soluciones que ustedes serían capaces de arreglar los problemas de España. Pero ahora que son ustedes el gobierno, se hallan con que no poseen ninguna medida milagrosa para acabar con la crisis y crear empleo. ¿Dónde quedaron esos ataques y esas invectivas?

Pero, lamentablemente, hay más. Usted ha sufrido un grave problema que afecta al grueso de la clase política, sin importar su orientación ideológica. Y es que los políticos, en cuanto acceden al poder, ya sea municipal, provincial, autonómico o nacional, sufren una extraña enfermedad escluxiva de su profesión: la amnesia selectiva post-electoral. Dicho mal se caracteriza por sufrir una pérdida súbita de memoria que les hace olvidar todas aquellas promesas electorales que hicieron para ganar votos y que sabían de antemano que no podrían cumplir o que resultarían sumamente difíciles de realizar. Por ello, en cuanto ha logrado formar su gobierno y han empezado a reunirse sus ministros, han empezado con la penosa (para los ciudadanos) tarea de romper promesas electorales.

Con respecto a esto, hay algo más que debo criticar de su postura. Y es que es usted un presidente del gobierno en la sombra. Parece huir de las comparecencias públicas y las ruedas de prensa, apareciendo tan sólo cuando es estrictamente necesario y no puede delegar en algún ministro. Es normal que, a la hora de presentar propuestas, recortes y medidas, sean los correspondientes ministros los que lo hagan. Sin embargo, usted, como presidente, debería dar la cara y explicar su postura, dar a entender a los españoles que, como líder electo, esta usted ahí al frente de su gobierno. Está claro que lo suyo no es la comparecencia pública. Seamos sinceros, no tiene carisma, su dialéctica no es de lo mejor y, cuando habla parece usted un busto parlante. Su discurso es vago, errático y carente de dirección. Durante su tiempo en la oposición no ha demostrado madera de líder, ni ser capaz de presentar propuestas concretas. Se ha basado en el ataque demagógico y destructivo. Durante la campaña electoral la situación no cambió. Usted, igual que el resto de su partido, se escudaba en la ambigüedad, la charlatanería, dando rodeos sin decir nada concreto. ¿No tenía programa? ¿No tenía propuestas, planes concretos de acción una vez que se hallara en el poder? ¿O es que acaso temía el levantamiento popular y la huída de votos si revelaba sus auténticas intenciones, su agenda secreta? Ojo, no afirmo ni pretendo dar a entender que conozco lo que obra en su partido, ni si realmente existe tal agenda secreta. Pero con su actuación, su evasiva a las preguntas de los periodistas, sólo consigue levantar la duda, la sospecha, el temor al que esconderá. Y, sinceramente, no es lo mejor que puede hacer un líder de la oposición, un candidato a la presidencia de un país o un presidente del gobierno.

En conclusión, deseo que reflexione seriamente sobre lo que le digo. Ruego que tenga en cuenta la situación de los más de 4 millones de parados, de que muchos nos hallamos desprotegidos, sin cobrar subsidio o ayuda alguna, en situaciones precarias. Acuérdese de que los banqueros y los que mueven los grandes mercados no pensaran en el pueblo si no en su propio interés. Acuérdese de lo que significa la democracia, de lo que hemos conseguido durante todos este tiempo y no haga nada que pueda acabar con esta situación. Estamos pasando tiempos difíciles, y un lider eficaz y fuerte, al mando de un gobierno que tenga por objetivo acabar con la crisis y crear empleo, luchando contra la corrupción y tomando las medidas apropiadas, puede ser la mejor publicidad electoral que puede usted obtener. Si de verdad cree en los españoles, si realmente cree en la democracia y en lo que representa, actúe en consecuencia.

Atentamente
Harvey Zoltan Pickman / José Mª Quinto

lunes, 9 de enero de 2012

Los Simpsons: La Montaña de la Locura (T8E12)

La montaña de la locura, llamado Mountain of Madness en la versión original, es un episodio perteneciente a la octava temporada de la serie animada Los Simpson, emitido originalmente el 2 de febrero de 1997. El episodio fue escrito por John Swartzwelder y dirigido por Mark Kirkland.

Sinopsis del capítulo
Todo comienza cuando el Sr. Burns decide provocar un simulacro de incendio en la Planta, solamente para divertirse. Una vez que activa la alarma, el pánico de los empleados hace que no piensen muy claramente y tarden 15 minutos en evacuar la Planta. Sorprendido y enojado, Burns declara que todos los empleados deberían ir a una competencia en la montaña, en donde predominaría el trabajo en equipo. Homer termina teniendo como compañero al Sr. Burns, y Smithers, por su parte, queda sin compañero y enojado por no haber hecho pareja con su jefe. El objetivo de la competencia era llegar a una cabaña en la cima de la montaña; el último equipo en llegar sería despedido.

En el camino, Burns le propone a Homer hacer trampa, usando una moto de nieve para llegar antes a la cabaña. Habiendo llegado muchas horas antes que los otros equipos, ambos se ponen cómodos y pronto se hacen amigos. Sin embargo, cuando chocan sus copas de champagne, causan, sin quererlo, una avalancha que hunde la cabaña en su totalidad. A pesar del intento de Burns para hacer funcionar una máquina telegráfica para conseguir ayuda y del intento de Homer por cavar un túnel en la nieve, ambos quedan atrapados en la cabaña. Luego, tratan de formar un plan hablándolo, pero cada sonido causa más aludes y avalanchas, hundiéndolos más y más en la nieve. Mientras tanto, Bart y Lisa se encuentran con Smithers y lo ayudan a encontrar la cabaña, pero terminan causando más problemas que ayuda.

En la cabaña, Burns y Homer parecen quedarse allí por siempre. Deciden construir muñecos de nieve para pasar el tiempo, y luego los visten con sus propias prendas de ropa, pese a que así pasarían frío. Los otros empleados, por su parte, llegan al sitio en donde debería estar la cabaña, pero descubren que no está y se dirigen a otra, sin sospechar de la suerte corrida por Homer y Burns. En la cabaña, Homer y Burns comienzan a mirarse el uno al otro a los ojos, llenando sus mentes con paranoia. Burns se vuelve loco y trata de matar a Homer. Luego de un golpe con un fierro, Burns accidentalmente rompe el tanque de gas propano de la casa, haciendo que ésta salga disparada como si fuese un cohete, atravesando la nieve y saliendo a la superficie. Cuando la casa se detiene (frente a los empleados de la Planta), Burns anuncia que el último en entrar en ella sería despedido.

Lenny es el último, y el Sr. Burns lo despide. Sin embargo, luego el anciano declara que no habría despidos. Todo termina con Homer y Burns mirándose a los ojos el uno al otro, de momentos riendo y de momento amenazadores.

Tratamiento de la locura
Este episodio destaca por su excepcional tratamiento de la locura. Homer y Burns, que se sienten tirunfadores por ser los primeros en llegar a la cabaña y disfrutar de la comida que aguarda allí a todos los empleados ven como una avalancha les sepulta dejándolos aislados y cualquier intento por salir de allí o comunicarse con el exterior resulta infructuoso. Pasan de tenerlo todo a quedar completamente aislados y sin posibilidad de salvación inmediata, encerrados en un espacio relativamente pequeño y sin más compañía. De esta forma se genera una situación donde tratan de sobrellevar como pueden el aislamiento, pero la falta de entretenimiento y el aislamiento absoluto les hace buscar soluciones cada vez más absurdas, como cuando crean muñecos de nieve y deciden vestirles con sus ropas. En esos momentos su descenso a la locura ya ha comenzado, al asignarles personalidad y motivaciones a esos muñecos y darles vestimenta. Pero es sólo el primer paso, pues esta acción da paso a la paranoia creyendo primero que los muñecos van a ir a por ellos para acabar desconfiando el uno del otro.

La creciente paranoia les lleva a actuar de forma irracional hasta el punto de enfrentarse entre ellos, produciendoles alucinaciones sobre aliados para cada uno (muñecos de nieve prusianos para el sr. Burns y figuras políticas históricas para Homer), y acaba desatándose la furia en una pelea entre ambos que les llevará a salvar sus vidas al dañar el deposito de gas provocando que entre en ignición.

Sin duda es un tratamiento excelente de la locura, mostrando una progresión continua que va empeorando y que se ve incentivada por las condiciones en las que se encuentran de aislamiento. Al verse encerrados en un entorno sin posibilidad de escapar se va generando en sus mentes un estres que desgasta su cordura provocandoles un comportamiento cada vez más irracional e incoherente que acaba en violencia. Y finalmente cuando logran salir de la cabaña, se muestran a medias conciliadores, pero la paranoia y la desconfianza no les ha abandonado del todo.

jueves, 5 de enero de 2012

The Mist, Carl Sandburg

The Mist
Carl August Sandburg
(Illinois, 1878 - Carolina del Norte, 1967)


I AM the mist, the impalpable mist,
Back of the thing you seek.
My arms are long,
Long as the reach of time and space.

Some toil and toil, believing,
Looking now and again on my face,
Catching a vital, olden glory.

But no one passes me,
I tangle and snare them all.
I am the cause of the Sphinx,
The voiceless, baffled, patient Sphinx.

I was at the first of things,
I will be at the last.
I am the primal mist
And no man passes me;
My long impalpable arms
Bar them all.


Para los que no se defiendan en la lengua de la Pérfida Albión, dejo una traducción hecha por mí:

YO SOY la niebla, la impalpable niebla,
Vengo de la busqueda.
Mis brazos son largos,
Tan largos como el alcance del tiempo y el espacio.

Algunos se esfuerzan y esfuerzan creyendo,
Reflejándose ahora y siempre en mi rostro,
Atrapando una vital vieja gloria.

Pero nadie me supera,
Enredo y atrapo a todos.
Yo soy el orígen de la Esfinge,
La susurrante, desconcertada, paciente Esfinge.

Yo estuve en los comienzos,
Yo estaré al final.
Yo soy la primigenia niebla
Y ningún hombre me supera;
Mis largos e impalpables brazos
lo obstaculizan todo.

martes, 3 de enero de 2012

Yo, Morlock #1: Morlocks y Eloi

«Me afligió pensar cuán breve había sido el sueño de la inteligencia humana. Habíase suicidado. Se había puesto con firmeza en busca de la comodidad y el bienestar de una sociedad equilibrada con seguridad y estabilidad, como lema; había realizado sus esperanzas, para llegar a esto al final. Alguna vez, la vida y la prosperidad debieron alcanzar una casi absoluta seguridad. Al rico le habían garantizado su riqueza y su bienestar, al trabajador su vida y su trabajo. Sin duda en aquel mundo perfecto no había existido ningún problema de desempleo, ninguna cuestión social dejada sin resolver. Y esto había sido seguido de una gran calma.

Una ley natural que olvidamos es que la versatilidad intelectual es la compensación por el cambio, el peligro y la inquietud. Un animal en perfecta armonía con su medio ambiente es un perfecto mecanismo. La naturaleza no hace nunca un llamamiento a la inteligencia, como el hábito y el instinto no sean inútiles. No hay inteligencia allí donde no hay cambio ni necesidad de cambio.Sólo los animales que cuentan con inteligencia tienen que hacer frente a una enorme variedad de necesidades y de peligros.

Así pues, como podía ver, el hombre del Mundo Superior había derivado hacia su blanda belleza, y el del Mundo Subterráneo hacia la simple industria mecánica. Pero aquel perfecto estado carecía aún de una cosa para alcanzar la perfección mecánica: la estabilidad absoluta. Evidentemente, a medida que transcurría el tiempo, la subsistencia del Mundo Subterráneo, como quiera que se efectuase, se había alterado. La Madre Necesidad, que había sido rechazada durante algunos milenios, volvió otra vez y comenzó de nuevo su obra, abajo. El Mundo Subterráneo, al estar en contacto con una maquinaria que, aun siendo perfecta, necesitaba sin embargo un poco de pensamiento además del hábito, había probablemente conservado, por fuerza, bastante más iniciativa, pero menos carácter humano que el Superior. Y cuando les faltó un tipo de carne, acudieron a lo que una antigua costumbre les había prohibido hasta entonces. De esta manera vi en mi última mirada el mundo del año 802.701. Esta es tal vez la explicación más errónea que puede inventar un mortal. Esta es, sin embargo, la forma que tomó para mí la cosa y así se la ofrezco a ustedes.»

H.G. Wells nos describe con estas esclarecedoras palabras un funesto destino para la humanidad, la evolución definitiva de la sociedad en dos vertientes: la clase alta, adinerada y entregada a los lujos y la clase obrera, despreciada, marginada, maltratada, pese a ser la base de la nación y la economía. Pero mientras que los poderosos se vanagloriaban en su poder y riquezas, ¿qué importaba si las condiciones laborales y de vida de los trabajadores fueran cada vez más miserables? Esto, en la obra de Wells, conduce a la creación de dos sub especies en el año 802.701: los hedonistas y despreocupados eloi y los cavernícolas y feroces morlock, los únicos capaces de manejar la maquinaria que asegura la supervivencia de los habitantes de la superficie.

¿He así como hemos de vernos los pobres, los desempleados, los trabajadores, los indignados, los desahuciados, los parados, los desheredados de la sociedad? ¿Hasta que punto los ricos y poderosos, los políticos y grandes empresarios, los banqueros y plutócratas, deben seguir explotándonos? Ellos son los acomodados que  viven gracias al esfuerzo de los que estamos en la parte inferior de la pirámide económica y del poder, de los trabajadores que les servimos y manejamos sus maquinas.

Por ello, yo me proclamo morlock,pues en eso desean vernos, y como tal lanzo una llamada a los explotados por los gobiernos, empresarios y demás plutócratas que nos someten al Estado de Miedo, que nos amenazan con sus recortes y medidas de austeridad con las que pretenden que nosotros paguemos sus desmanes. Y como los morlocks de Wells que se alimentaban de los decadentes eloi, es mi derecho el alimentarme de la crítica y denuncia de sus actividades con las que pretenden hundirnos para mantenerse ellos eternamente a flote a costa de los que les sostienen. Todo aquel que se sienta hastiado, asqueado, indignado y no tolere más este situación, le pido que se una a mi en este grito a través de la red, que se levante como morlock y haga oír su voz.

lunes, 2 de enero de 2012

Los otros dioses, H. P. Lovecraft

Los otros dioses
Howard Phillips Lovecraft
(Providence, 1890 - Providence, 1937)

En la cima del pico más alto del mundo habitan los dioses de la tierra, y no soportan que ningún hombre se jacte de haberlos visto. En otro tiempo poblaron los picos inferiores; pero los hombres de las llanuras se empeñaron siempre en escalar las laderas de roca y de nieve, empujando a los dioses hacia montañas cada vez más elevadas, hasta hoy, en que sólo les queda la última. Al abandonar sus cumbres anteriores se llevaron sus propios signos, salvo una vez que, según se dice, dejaron una imagen esculpida en la cara del monte llamado Ngranek. Pero ahora se han retirado a la desconocida Kadath del desierto frío, en donde los hombres no entran jamás, y se han vuelto severos; y si en otro tiempo soportaron que los hombres los desplazaran, ahora les han prohibido que se acerquen; pero si lo hacen, les impiden marcharse. Conviene que los hombres no sepan dónde esta Kadath; de lo contrario, tratarían de escalarla en su imprudencia. A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra sienten añoranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio al tratar de jugar en silencio en las recordadas laderas. Los hombres han sentido las lágrimas de los dioses sobre el nevado Thurai, aunque creyeron que era lluvia; y han oído sus suspiros en los quejumbrosos vientos matinales de Lerion. Los dioses suelen viajar en las naves de nubes, y los sabios campesinos tienen leyendas que les disuaden de acercarse a ciertos picos elevados por la noche cuando el cielo se nubla, porque los dioses no son tan indulgentes como antaño. En Ulthar, más allá del río Skai, vivía una vez un anciano que deseaba contemplar a los dioses de la tierra; este hombre conocía profundamente los siete libros crípticos de la Tierra y estaba familiarizado con los Manuscritos Pnakóticos de la distante y helada Lomar. Se llamaba Barzai el Sabio, y los lugareños cuentan cómo escaló una montaña la noche del extraño eclipse. Barzai sabía tantas cosas sobre los dioses que podía contar sus idas y venidas; y adivinaba tantos secretos que se tenía a si mismo por un semidiós. Fue él quien aconsejó prudentemente a los diputados de Ulthar cuando aprobaron la famosa ley que prohibía matar gatos, y quien dijo al joven sacerdote Atal adónde se habían ido los gatos negros, en la medianoche de la víspera de san Juan. Barzai estaba profundamente versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y le habían entrado deseos de ver sus rostros. Creía que su hondo y secreto conocimiento de los dioses lo protegería de la ira de éstos, y decidió escalar la cima del elevado y rocoso Hatheg-Kla una noche en que sabía que los dioses estarían allí. El Hatheg-Kla está en el desierto pedregoso que se extiende más allá de Hatheg, del cual recibe el nombre, y se alza como una estatua de roca en un templo silencioso. Las brumas juegan lúgubremente alrededor de su cima porque las brumas son los recuerdos de los dioses, y los dioses amaban el Hatheg-Kla cuando habitaban en él, en otro tiempo. Frecuentemente visitan los dioses de la tierra el Hatheg-Kla, en sus naves de nube, y derraman pálidos vapores sobre las laderas cuando danzan añorantes en la cima, bajo una luna clara. Los aldeanos de Hatheg dicen que no conviene escalar el Hatheg-Kla en ningún momento, y que es fatal hacerlo de noche, cuando los pálidos vapores ocultan la cima y la luna; sin embargo, no les escuchó Barzai cuando llegó de la vecina Ulthar con el joven sacerdote Atal, su discípulo. Atal sólo era hijo de posadero, y a veces tenía miedo; pero el padre de Barzai había sido un noble que vivió en un antiguo castillo, por lo que no había supersticiones vulgares en sus venas, y se reía de los atemorizados aldeanos. Barzai y Atal salieron de Hatheg hacia el pedregoso desierto, a pesar de los ruegos de los campesinos, y charlaron sobre los dioses de la tierra junto a su fogata, por las noches. Viajaron durante muchos días, hasta que divisaron a lo lejos al altísimo Hatheg-Kla con su halo de lúgubre bruma. El décimo tercer día llegaron al pie de la solitaria montaña, y Atal confesó sus temores. Pero Barzai era viejo, sabio, y no conocía el miedo, así que marchó delante osadamente por la ladera que ningún hombre había escalado desde los tiempos de Sansu, de quien hablan con temor los mohosos Manuscritos Pnakóticos. El camino era rocoso y peligroso a causa de los precipicios y acantilados y aludes. Después se volvió frío y nevado; y Barzai y Atal resbalaban a menudo, y se caían, mientras se abrían camino con bastones y hachas. Finalmente el aire se enrareció, el cielo cambió de color, y los escaladores encontraron que era difícil respirar; pero siguieron subiendo más y más, maravillados ante lo extraño del paisaje, y emocionados pensando en lo que sucedería en la cima, cuando saliera la luna y se extendieran los pálidos vapores. Durante tres días estuvieron subiendo más y más, hacia el techo del mundo; luego acamparon, en espera de que se nublara la luna. Durante cuatro noches esperaron en vano las nubes, mientras la luna derramaba su frío resplandor a través de las tenues y lúgubres brumas que envolvían el mudo pináculo. Y la quinta noche, en que salió la luna llena, Barzai vio unos nubarrones densos a lo lejos, por el norte, y ni él ni Atal se acostaron, observando cómo se acercaban. Espesos y majestuosos, navegaban lenta y deliberadamente; rodearon el pico muy por encima de los observadores, y ocultaron la luna y la cima. Durante una hora larga estuvieron observando los dos, mientras los vapores se arremolinaban y la pantalla de nubes se espesaba y se hacía más inquieta. Barzai era versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y escuchaba atento los ruidos; pero Atal, que sentía el frío de los vapores y el miedo de la noche, estaba aterrado. Y aunque Barzai siguió subiendo más y más, y le hacía señas ansiosamente para que fuera también, Atal tardó mucho en decidirse a seguirlo. Tan densos eran los vapores que la marcha resultaba muy penosa; y aunque Atal lo siguió al fin, apenas podía ver la figura gris de Barzai en la borrosa ladera, arriba, a la luz nublada de la luna. Barzai marchaba muy delante; y a pesar de su edad, parecía escalar con más soltura y facilidad que Atal, sin miedo a la pendiente que empezaba a ser demasiado pronunciada y peligrosa, salvo para un hombre fuerte y temerario, y sin detenerse ante los grandes y negros precipicios que Atal apenas podía saltar. Y de este modo escalaron intensamente rocas y precipicios, resbalando y tropezando, sobrecogidos a veces ante el impresionante silencio de los fríos y desolados pináculos y mudas pendientes de granito. Súbitamente, Barzai desapareció de la vista de Atal, y salvó una tremenda cornisa que parecía sobresalir y cortar el camino a todo escalador que no estuviese inspirado por los dioses de la tierra. Atal estaba muy abajo, pensando qué haría cuando llegara a dicho punto, cuando observó curiosamente que la luna había aumentado, como si el despejado pico y lugar de reunión de los dioses estuviese muy cerca. Y mientras gateaba hacia la cornisa saliente y hacia el cielo iluminado, sintió los más grandes terrores de su vida. Y entonces, a través de las brumas de arriba, oyó la voz de Barzai que gritaba locamente, de gozo: -¡He oído a los dioses! ¡He oído a los dioses de la tierra cantar dichosos en el Hatheg-Kla! ¡Barzai el profeta conoce las voces de los dioses de la tierra! Las brumas son tenues y la luna brillante; hoy veré a los dioses danzar frenéticos en el Hatheg-Kla que tanto amaron en su juventud. La sabiduría hace a Barzai más grande aún que los dioses de la tierra, y los encantos y barreras de todos ellos no pueden nada contra su voluntad; Barzai contemplará a los dioses de la tierra, aunque ellos detesten ser contemplados por los hombres. Atal no podía oír las voces que Barzai oía, pero ahora estaban cerca de la cornisa, y buscaba un paso. Y entonces oyó crecer la voz de Barzai de forma más sonora y estridente: -La niebla es muy tenue, y la luna arroja sombras sobre las laderas; las voces de los dioses de la tierra son violentas y airadas; temen la llegada de Barzai el Sabio, porque es más grande que ellos... La luz de la luna fluctúa, y los dioses de la tierra danzan frente a ella; veré danzar sus formas, saltando y aullando a la luz de la luna... La luz se debilita; los dioses tienen miedo... Mientras Barzai gritaba estas cosas, Atal notó un cambio espectral en todo el aire, como si las leyes de la tierra cedieran ante otras leyes superiores; porque aunque el sendero era más pronunciado que nunca, el ascenso se había vuelto espantosamente fácil, y la cornisa apenas fue un obstáculo cuando llegó a ella y trepó peligrosamente por su cara convexa. El resplandor de la luna se había apagado extrañamente; y mientras Atal se adelantaba en las brumas, monte arriba, oyó a Barzai el Sabio gritar entre las sombras: -La luna es oscura y los dioses danzan en la noche; hay terror en la noche; hay terror en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni los dioses de la tierra han sido capaces de predecir... Hay una magia desconocida en el Hatheg-Kla, pues los gritos de los dioses asustados se han convertido en risas, y las laderas de hielo ascienden interminablemente hacia los cielos tenebrosos, en los que ahora me sumerjo... ¡Eh! ¡Eh! ¡Al fin! ¡En la débil luz, he percibido a los dioses de la tierra! Y entonces Atal, deslizándose monte arriba con vertiginosa rapidez por inconcebibles pendientes, oyó en la oscuridad una risa repugnante, mezclada con gritos que ningún hombre puede haber oído salvo en el Fleguetonte de inenarrables pesadillas; un grito en el que vibró el horror y la angustia de una vida tormentosa comprimida en un instante atroz: -¡Los otros dioses! ¡Los otros dioses! ¡Los dioses de los infiernos exteriores que custodian a los débiles dioses de la tierra!... ¡Aparta la mirada!... ¡Retrocede!... ¡No mires! ¡No mires! La venganza de los abismos infinitos... Ese maldito, ese condenado precipicio... ¡Misericordiosos dioses de la tierra, estoy cayendo al cielo! Y mientras Atal cerraba los ojos, se taponaba los oídos, y trataba de descender luchando contra la espantosa fuerza que lo atraía hacia desconocidas alturas, siguió resonando en el Hatheg-Kla el estallido terrible de los truenos que despertaron a los pacíficos aldeanos de las llanuras y a los honrados ciudadanos de Hatheg, de Nir y de Ulthar, haciéndoles detenerse a observar, a través de las nubes, aquel extraño eclipse que ningún libro había predicho jamás. Y cuando al fin salió la luna, Atal estaba a salvo en las nieves inferiores de la montaña, fuera de la vista de los dioses de la tierra y de los otros dioses. Ahora se dice en los mohosos Manuscritos Pnakóticos que Sansu no descubrió otra cosa que rocas mudas y hielo, la vez que escaló el Hatheg-Kla en la juventud del mundo. Sin embargo, cuando los hombres de Ulthar y de Nir y de Hatheg reprimieron sus temores y escalaron ese día esa cumbre encantada en busca de Barzai el Sabio, encontraron grabado en la roca desnuda de la cima un símbolo extraño y ciclópeo de cincuenta codos de ancho, como si la roca hubiese sido hendida por un titánico cincel. Y el símbolo era semejante al que los sabios descubrieron en esas partes espantosas de los Manuscritos Pnakóticos tan antiguas que no se pueden leer. Eso encontraron. Jamás llegaron a encontrar a Barzai el Sabio, ni lograron convencer al santo sacerdote Atal para que rezase por el descanso de su alma. Y todavía hoy las gentes de Ulthar y de Nir y de Hatheg tienen miedo de los eclipses, y rezan por la noche cuando los pálidos vapores ocultan la cumbre de la montaña y la luna. Y por encima de las brumas de Hatheg-Kla los dioses de la tierra danzan a veces con nostalgia, porque saben que no corren peligro y les encanta venir a la desconocida Kadath en sus naves de nube a jugar como antaño, como hacían cuando la tierra era nueva y los hombres no escalaban las regiones inaccesibles.